Mi historia comienza con un hecho doloroso: ni mi madre ni mi padre estuvieron presentes en mi vida. Ambos, por razones distintas, quedaron al margen, y fueron mis tíos y tías paternas quienes asumieron mi crianza. Se turnaban para cuidarme, pero ninguno de ellos asumía realmente el rol de papá o mamá.
Esta ausencia de un referente claro dejó un vacío difícil de ignorar, marcado por la sensación de ser una responsabilidad compartida, pero nunca plenamente asumida.
Recuerdo aquellos momentos de soledad con una mezcla de tristeza y gratitud. Tristeza, porque sentía la ausencia de un amor incondicional que veía en las familias de otros niños. Gratitud, porque incluso en esos días oscuros, descubrí algo que más tarde sería mi brújula: un anhelo insaciable de entender y sanar. Ese anhelo fue mi llamado a la aventura, un susurro constante que me pedía explorar más allá de las heridas del pasado.
Con el tiempo, entendí que mi búsqueda de respuestas no sería lineal. Aunque inicialmente estudié arquitectura, pronto descubrí que mi verdadera pasión estaba en comprender el tejido emocional de las personas. Cambié los planos por libros de psicología y comencé un viaje hacia adentro, desafiando las expectativas familiares y enfrentando mis propios prejuicios.
Mi encuentro con herramientas como el Psicoanálisis y la Danzaterapia fue revelador. La danza, en particular, me enseñó algo invaluable: soltar el control. En cada movimiento descubrí que mis emociones no eran enemigas, sino mensajeras. Y así, lo que comenzó como una terapia, se convirtió en un ritual de liberación.
Pero no todo fue fácil. Hubo momentos en los que toqué fondo. Las experiencias de abuso y los sentimientos de abandono dejaron cicatrices profundas que amenazaban con definirme. Sin embargo, en esos mismos abismos encontré a mis aliados. Terapeutas compasivos, amigos auténticos y, sobre todo, mi propio compromiso de no rendirme, se convirtieron en el sostén que necesitaba.
A medida que avanzaba en mi proceso de transformación, algo maravilloso ocurrió: comencé a reivindicar la historia de mi familia. Entendí que el acto de mis tíos y tías paternas de asumir una responsabilidad compartida en mi crianza y mi cuidado, había sido un acto profundo de amor y solidaridad. Por eso, hoy les agradezco profundamente. Su esfuerzo colectivo fue una forma de amor que no supe ver en mi infancia, pero que ahora valoro y atesoro.
Del mismo modo, crecí con la necesidad de comprender más a mis padres. Cuando fui capaz de enfrentar mi historia sin juicios, me di a la tarea de conocer su pasado, sus luchas y los motivos que los llevaron a tomar las decisiones que marcaron mi vida. Este proceso no solo me llevó a perdonarlos, sino también a abrazarlos y a entender que, como yo, también eran humanos intentando hacer lo mejor que podían con las herramientas que tenían. Esta sanación fue uno de los pasos más importantes de mi viaje. Fue en este punto que descubrí la Psicología Positiva. Entender que las emociones no son algo que debamos temer o evitar, sino herramientas para crecer, cambió mi perspectiva de vida y me llevó a especializarme como Psicólogo Positivo. Aprendí a abrazar mi historia, no como un peso, sino como un tesoro lleno de aprendizajes.
En este camino también me encontré con herramientas que fui integrando a mi práctica y de las que me he apasionado por estudiar y profundizar como el Mindfulness y las Constelaciones familiares.
En cada paso del camino, integré nuevas piezas al rompecabezas de mi vida. La Psicología Positiva me enseñó a identificar y potenciar mis fortalezas. Las Constelaciones familiares me ayudaron a soltar cargas heredadas que no eran mías. La Danzaterapia me enseñó a liberar emociones a través del movimiento, transformando la rigidez en energía y expresión. Y el Mindfulness me permitió habitar el presente con más paz y claridad.
Gracias a estas herramientas, dejé de buscar afuera lo que siempre había estado dentro de mí. Aprendí a gestionar mis emociones, a reconocer patrones y a construir una vida alineada con mis valores. Lo que una vez fue un niño perdido en busca de amor, ahora es un adulto que encuentra propósito en guiar a otros.
Hoy, veo mi vida como un testimonio de transformación. He creado un enfoque que integra todo lo que aprendí: desde la danza terapia hasta la psicología positiva, pasando por el mindfulness y las constelaciones familiares. Lo llamo «Maestría Emocional», porque creo firmemente que todos tenemos la capacidad de convertir nuestras emociones en nuestras mayores aliadas.
En mis consultas y talleres, guío a las personas a embarcarse en un viaje de autodescubrimiento. Este viaje, que he encapsulado en el método “Maestría Emocional”, combina lo mejor de la Psicología Positiva, la Danzaterapia, el Mindfulness y las Constelaciones Familiares. Es un enfoque integral que enseña a las personas a abrazar, entender y gestionar sus emociones, a habitar el presente y a liberar su cuerpo y sus vidas de bloqueos y cargas que las frenan.
La “Maestría Emocional” es un proceso terapéutico y una herramienta poderosa para la transformación personal. Con este método, mis consultantes no solo aprenden a manejar los desafíos emocionales, sino también a identificar las fortalezas que ya existen en ellos. A través del movimiento, la reflexión consciente y la exploración de sus sistemas familiares, descubren una versión más libre, presente y empoderada de sí mismos.
Mi misión es ser el catalizador que encienda esa chispa de transformación en cada persona, mostrándoles que incluso en los momentos de mayor oscuridad, hay un camino hacia la claridad y el crecimiento. La “Maestría Emocional” sana y eleva, ofreciendo a las personas herramientas para construir una vida con mayor sentido y conexión.
Mi historia no es diferente a la tuya. Todos llevamos cicatrices, pero también llevamos dentro la capacidad de sanarlas. Hoy, elijo compartir mi «elixir» con el mundo, porque creo que cada uno de nosotros tiene el poder de transformar el dolor en esperanza, y la esperanza en acción