La muerte es una realidad, lo sé. Y aunque nos repitan que el desapego es la clave para vivir en paz, seamos honestos: somos humanos. Amamos, nos aferramos y, cuando perdemos, duele.
Y duele con una intensidad que no siempre sabemos manejar. Admiro profundamente a quienes parecen atravesar la pérdida con aceptación y serenidad, sin que el dolor los arrastre.
Sé que es posible.
Pero mi verdad es otra: yo sí me apego.
Me aferro a las personas que amo, a los recuerdos, a los momentos.
Y este mensaje es para quienes sienten como yo, para quienes la ausencia pesa y el duelo se convierte en un camino que hay que recorrer con paciencia y valentía.
En estos días, he entendido más que nunca lo que significa perder y soltar.
Y cómo, sin importar cuánto intentemos prepararnos, la pérdida siempre nos toma por sorpresa.
He atravesado dos duelos importantes en mi vida, el más reciente aún fresco en mi piel y en mi corazón.
Y me ha llevado a cuestionarme muchas cosas, porque el duelo no es lineal ni predecible.
Al principio, sentí angustia, esa opresión en el pecho que te deja sin aliento. Un vacío difícil de explicar.
Pero quiero hablar de esto, ponerlo en palabras, porque sé que no soy el único que ha sentido cómo la ausencia de alguien querido sacude todos los cimientos.
Siempre he visto la muerte como un tránsito a otro espacio, un lugar donde espero que todo sea más amable que aquí.
No porque la vida no valga la pena, sino porque a veces es brutal.
Nos pone a prueba, nos enfrenta a desafíos que nos dejan tambaleando.
Y desde esa mirada, quiero creer que quienes parten encuentran algo mejor al otro lado.
Pero, aunque mi mente me diga eso, el corazón tiene su propio lenguaje.
Y al recordar, la tristeza llega sin permiso. «No quiero que te hubieras ido todavía», me descubro pensando. No es justo. Quisiera un día más, un abrazo más, una risa más.
Me duele no saber si alguna vez nos volveremos a encontrar, porque este vacío se siente eterno.
Extraño sentirte, tocarte, olerte, verte, escucharte, abrazarte, besarte. Extraño tu presencia en mi mundo.
Sin embargo, hay algo que sí sé: en nombre del amor que compartimos, debo seguir adelante.
No para olvidar, sino para honrar.
No para borrar el dolor, sino para transformarlo.
Sin prisa, paso a paso.
Sabiendo que el amor que nos unió sigue en mí, guiando mis pasos.
Y mientras me encuentro en medio de este dolor, algo queda claro: el amor que compartimos no desaparece con la ausencia.
Nos transforma.
Nos obliga a seguir adelante, no porque queramos olvidar, sino porque el amor, de alguna forma, sigue aquí, en cada recuerdo, en cada suspiro. El duelo no es solo un adiós, es un «te sigo llevando conmigo». Y en ese espacio, aprendo que lo que realmente queda es la huella de lo amado, que, aunque invisible, nunca deja de ser reall